De una fábrica, allá en Europa, salieron tres muñecas idénticas. El dueño de la fábrica era muy estricto y, al enterarse de esto, fue a requerir a sus empleados dado que una de las políticas de dicha factoría era que cada muñeca fuera única y auténtica. Los trabajadores alegaban que todo estaba funcionando bien y no sabían cómo había sucedido aquel incidente. El dueño de la fábrica ordenó que se desecharan aquellas muñecas. Su esposa, que andaba cerca, tomó las muñecas y las observó detenidamente. Miró a su esposo y le dijo que sería un crimen desechar aquellas bellezas.
– Piénsalo, querido… Si estas muñecas han sido creadas iguales es porque Dios así lo quiso. Y nadie debe obrar contra la voluntad de Dios.- le dijo con resabio.
Su esposo, que la quería y era católico como ella, reflexionó y dijo:
– Está bien, pero ya que no son como las otras, éstas las daré a quien verdaderamente sepa qué destino darles.
El dueño de la fábrica tenía un viejo amigo que recién había inaugurado su tienda de juguetes, y aunque sabía que no vendía muñecas, decidió ir a entregárselas:
– Ignacio, amigo, aquí te traigo estas muñecas, aunque sé que no son tu especialidad, pero… – le contó al amigo la historia – Y sé que tú sabrás elegir bien sus rumbos.
– Gracias, amigo. Prometo que no te defraudaré. – le dijo abrazándolo.
Así se despidieron los amigos. El dueño de la tienda puso las muñecas en exhibición y al día siguiente no había persona que pasara y no se quedara mirando aquellos ojos azules, o asombrado ante lo natural que lucían aquellos rizos negros, o admirando lo rosado de sus mejillas y labios, o hipnotizado ante sus expresiones angelicales. El dueño de la tienda, que no había tenido suerte hasta entonces, se vio lleno de clientes que, si bien no querían las muñecas, compraban algún otro juguete. No fueron pocos los que quisieron dar mucho más del precio normal por las muñecas, los que rogaron por ellas, pero el dueño de la tienda sentía que todavía no era el momento de venderlas.
Pasaron de ese modo dos semanas y un día de tormenta en que el dueño ya cerraba, un hombre tocó al cristal de la puerta. El dueño abrió:
– Buenas, señor. He oído que hay aquí unas muñecas preciosas que son la atracción de todo el que pasa y… Yo tengo a mi hija en casa con un brazo muy dañado, y pensé que la mejor forma de animarla sería llevándole una de esas muñecas. Realmente no me importa el precio; estoy dispuesto a pagar cuanto usted desee – dijo dejando caer en el mostrador una docena de monedas de oro – , sólo deme una de esas muñecas.
El dueño; obviando las monedas, sintió que era la persona indicada; tomó una de las muñecas, la envolvió cuidadosamente y se la dio al señor, que se marchó deprisa, dejando al dueño con una frase inconclusa:
– ¡Espere, señor! Su cambio…
***
Susana jugaba en su casa mientras su madre hacía la cena. Afuera llovía a cántaros y ambas temblaron al oír abrirse la puerta:
– Buenas tardes, mi familia – saludó con efusividad y cinismo quien entraba – .Toma Susi, – se acercó a la niña y le entregó algo que venía muy bien envuelto – ¿cómo sigue tu brazo?
La niña no respondió y se limitó a mirarlo con resentimiento y retirarse a su cuarto llevando el paquete en su brazo sano. Ya dentro oyó como le gritaba el hombre a su madre y luego la golpeaba. Tenía diez años y aquél no era su padre biológico; ése había muerto en la guerra cuando ella tenía apenas un año, aquél de afuera era sólo un bastardo que vivía con ellas desde hacía cinco años y fingía preocuparse por su brazo cuando bien sabía que fue interviniendo en una de esas golpizas a su madre, que se lo dañó. Miró el paquete con indignación y lo lanzó contra el suelo. El paquete cayó con sonido sordo y pareció que algo dentro se rompía. Susana sintió curiosidad y recogió el paquete del suelo. Lo desenvolvió y descubrió una preciosa muñeca a la que, gracias a la envoltura, sólo se le había desprendido un brazo. Susana miró a la muñeca y pensó: “Estamos iguales: con un brazo dañado por pagar la furia ajena”. Sus ojos se llenaron de lágrimas al percatarse de que le estaba haciendo a la muñeca lo que su padrastro a su madre y a ella.
– Tú no tienes la culpa – le habló entre lágrimas a la muñeca, reparándole el brazo – de que él sea así. No te mereces esto.
Mirando a los ojos de la muñeca algo se le encendió dentro que la hizo escurrirse hasta el teléfono:
– ¿Es la policía? Sí, necesito ayuda: un hombre nos golpea a mi mamá y a mí…
***
Había pasado casi un mes y quedaban dos muñecas aún y ya nadie parecía prestarles interés, cuando entró un muchacho de unos dieciséis años y fue directamente al mostrador:
– Señor, buenas tardes, vengo por una de las muñecas que dicen que usted vende.
– ¿Y tiene dinero para pagarla, jovencito?
– ¿Por qué no lo tendría? – ripostó el muchacho colocando en el mostrador una pequeña bolsa, abriéndola y mostrando monedas de plata y oro.
– Mmm… ¿Puedo preguntar quién será la afortunada que la recibirá?
– Mi hermanita de siete años, que yace en una cama padeciendo una rara gripe que los médicos no saben curar. – respondió cortante el joven, pero con la mirada oscurecida.
El dueño de la tienda se estremeció ante lo oído y la forma en que el muchacho lo había dicho.
– Está bien, jovencito, ahora te la envuelvo.
– No, mi buen señor. Prefiero que no la envuelva. Gracias.
– Bueno, toma. Guárdate el dinero.
– ¡Qué va! Tómelo usted, que siempre hace falta.
– Gracias.
– No, gracias a usted, que va a alegrarle el día a mi hermana.
***
Alicia estaba en su cuarto, acostada en su cama, era ese su mundo desde que había enfermado de una rara gripe hace dos meses. Le era extraño ser el centro de atención de la casa; hasta que ella había enfermado, su padre se la pasaba trabajando y su hermano estudiaba fuera de la provincia, su única compañía eran los empleados de la casa, sus juguetes y la foto de su fallecida madre. De cierto modo aquella enfermedad le favorecía, incluso sus parientes por parte materna la habían visitado y todos le regalaban cosas, ahora tenía toda una colección de juguetes. Pero no se esperaba uno como la muñeca que le vio al hermano traer:
– ¿Es para mí? – le preguntó con timidez.
– No lo sé… El vendedor me dijo: “Dásela a la niña más linda que veas”. Pero yo no vi una niña tan linda como tú en el camino, así que… – bromeaba el muchacho con su hermanita – Es tuya, mi tesoro.
– ¡¡Gracias, hermano!!- lloró de alegría la pequeña – Es lindísima.
El padre de los chicos, que observaba la escena, tomó una cámara, se acercó a su hijo y lo abrazó sonriendo:
– Es la primera vez que veo a Ali sonreír desde que falleció Leticia… – tomó una foto de la niña sonriendo con la muñeca en brazos – No sé cómo pude dejarla sola tanto tiempo, ni a ti.
– Padre, no somos perfectos. El que no yerra no aprende; estoy seguro de que Ali te quiere y te perdona tanto como yo.
Los dos se acercaron a la cama y se dieron un abrazo familiar.
Dos semanas más tarde, en la noche, la niña murió a causa de la enfermedad que tenía; el hermano la descubrió en la mañana, con la muñeca en los brazos y una sonrisa en el rostro. Ese día se juró estudiar Medicina y descubrir le enfermedad que le llevó a su hermana.
***
Quedaba sólo una muñeca luego de casi dos meses. Se acercaba el invierno y ya se sentía frío. El dueño de la tienda leía el diario, cuando un suave toque lo distrajo. Era una maltrecha y desarreglada señora.
– Disculpe, señor. Oí que todavía le queda una de las famosas muñecas, y todo lo que tengo es veinte monedas de plata, pero realmente deseo poder obsequiarle esa muñeca a mi hija. Hoy es su cumpleaños y soy su única familia; no tiene amigos y su padre nos abandonó…
– No, señora, no se preocupe – le envolvió la muñeca y junto con ella le entregó el dinero ganado con las dos ya vendidas en la bolsita del muchacho que había comprado la segunda -. Su hija tendrá la muñeca y un pastel. Compre ropa y zapatos nuevos, y venga a trabajar conmigo, que me falta un empleado.
– ¡Oh, mil gracias, mi buen señor! – lloraba de felicidad la señora – Le estaré eternamente agradecida.
***
Elisa lloraba silenciosamente en su casucha de madera. Era su duodécimo cumpleaños y no tenía amigos ni pastel para celebrarlo. Era pobre desde que tenía uso de razón, nunca tuvo siquiera una muñeca; apenas ropa y un par de zapatos. Su más grande deseo era ir a la escuela; quería ser maestra y enseñar a los niños como ella. Pero su madre no tenía ni un centavo y ella empezaba a perder las esperanzas.
– ¡Hija! – sintió gritar a su madre y salió preocupada – ¡Hija, mira, mira lo que Dios nos ha obsequiado!
Elisa no creía a sus ojos: su madre se acercaba con un carrito lleno de bolsas, una caja y una muñeca.
– Madre… ¿Qué has hecho? – le preguntó asustada.
– Nada, hija- le contó lo sucedido -. ¿Puedes creerlo?
– Pues no, mamá – le respondió incrédula aún, admirando la muñeca y estrechándola contra sí -. Pero si así es, prometo ir a la escuela y graduarme de maestra.
***
Corrieron desde entonces quince años y quiso el dueño de la fábrica saber qué era de su amigo Ignacio, el dueño de la tienda y las muñecas que le había entregado, así que fue a visitarlo.
Cuando estuvieron juntos, el amigo le contó:
“Te diré, amigo, que mi tienda, hasta entonces casi invisible, ganó una fama tremenda y…” Le contó la historia de cada muñeca.
“Hace poco investigué que el hombre que se llevó la primera muñeca abusaba de su mujer y su hijastra, y el mismo día que se la llevó, la niña llamó a la policía. Aquello creó un revuelo tremendo, llevaron al hombre a juicio y fue condenado a veinte años de prisión por violencia hacia una mujer y hacia la menor y por violación a la mujer. Estuve en contacto con la niña, ahora mujer casada, graduada y creadora de varios organismos defensores de los derechos de las mujeres y niños, y también un refugio para mujeres abusadas. Su madre se casó también y vive con un señor que es hombre de bien. Conserva la muñeca en una sillita de cedro en su cuarto como recordatorio del valor que le dio aquel día.”
“El joven que se llevó la segunda perdió a la hermana pequeña, y aquel suceso lo llevó a estudiar Medicina; actualmente está graduado con honores y descubrió que la enfermedad que tenía su hermana era tuberculosis y está cerca de que le aprueben unas vacunas para tratar dicha enfermedad. Se casó el mes pasado con una joven que estudió con él. En el buró su consultorio conserva la fotografía de su hermana del día que le regaló la muñeca, bellamente enmarcada y la muñeca descansa en una cajita de cristal en una repisa, junto a sus diplomas y reconocimientos.”
“Y bueno… La señora que se llevó la última era muy pobre, y yo la traje a trabajar aquí, se llevó también mi corazón y nos casamos – miró con amor a la señora sentada a su lado– Su hija se volvió hija mía, la adopté legalmente y hoy en día está comprometida con un compañero que se graduó con ella de Pedagogía y Psicología Infantil. Da clases en escuelas públicas y de vez en cuando se van de misión a dar clases en países del tercer mundo, han pasado ya por varios países de África y por Haití. Su muñeca descansa en la más alta de las repisas de nuestra tienda como símbolo de suerte, amor y unión de esta familia y las otras a la que sus hermanas ayudaron. ”
Fin
Alex FM 2013